Los durmientes

 

  Róger E. Antón Fabián

rogerantonfabian@hotmail.com

 

 

  (A Zabulón enamorado)

 

 

 

                                                                      

 

E l profesor no sabía ni remotamente lo sospechaba: era un maestro de rompe y rasga con recetas geniales e inigualables en el difícil arte de la cura del insomnio. Bajito, de pancita prominente, diente de oro, gruesos lentes de botella y sumergido todo el tiempo en un perpetuo ternito plomo como en un morral,  todos los martes a la hora exacta aparece jalando,  apenas, un maletín que revienta, donde guarda cuidada y celosamente seleccionados los alborotados tratados del sueño.

 

Pocos son los que logran verlo cuando cruza de un sesgo el pasadizo. El salón permanece, clase a clase, atiborrado de pobres y sufridos insomnes reunidos de todas partes, que incluso pugnan tras la puerta como aves por ingresar y ganar el primer asiento, zona preferencial para lograr la tan ansiada y reparadora siesta que han venido buscando por decenios.

 

Todos duermen, incluso él (un gran dormilón, según sus propias palabras). De pronto hecha un profundo bostezo lagrimeante, luego otro y otro, hasta que al final también logra sumergirse y recuperar las noches que perdió en un inconfundible cabeceo. Todo tras los gruesos lentes oscuros para evitar ser descubierto y arriesgar la plaza.

 

De vez en cuando aparece la guadaña de la pesadilla y uno que otro alumno suele gritar o tal vez hacerle una pregunta recientemente improvisada en los vericuetos de su flamante sueño. El somnoliento profesor que recién acaba de despertar, resuelve tal inconveniente con un bostezo profesional o recurre a sus apuntes y, una vez más, el alumno se adentra en una profunda modorra, hipnotizado como por arte de magia.

 

La circunstancia hizo que el alumno más fuerte del salón jamás asistiera. Era el más fuerte y osado, por ello, en su clase primera e inagural, todos los transeúntes, los enterados al momento y otros le apostamos previa unánime cuota a que no resistía diez minutos la pedagógica cura del genial profesor; pero aquel alumno fortachón también cayó vencido en las impostergables redes de la hipnosis magistral y luego transitó, antes de lo previsto y muy rendido, por las elevadas cumbres del ensueño. Perdimos. Nadie pudo lograrlo, nadie pudo vencer.

 

El secreto quizá sea sorprendentemente el ensueño del amor: mirar desde la ventanilla que se dibuja en la puerta semejante espectáculo de durmientes ante su maestro  hipnotizador, y que entre ellos se encuentre la amada como única testigo del amado –o viceversa- y  del mundo de sueño que los rodea. O matar al profesor con toda suerte de hierbas e infusiones, o, en última instancia todo un frasco de pastillas para el sueño.

 

Lima, 07 de mayo de 1997

 

 

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