nov

 

 

 

Azágar

 

En noviembre y otros días

 

 

A Elda, Shirley y Mellissa, con cariño.

 

 

 

Jamás hubo otra mujer que me amara mejor que tú, con la mirada.

 

 

Índice

 

I.                   Las notas mágicas

La casa alba

Eternidades

Después de la muerte

Hoy siento en el alma

Laderas

En Laderas

 

II.                Eternidades

Portal María

La espera

Trenza café

Mañana

El tiempo, Amada

El fin

 

III.             Piedra de silencio

Nada qué decir

Hormigas gigantes

Piedra de silencio

En algún andén

 

IV.             En noviembre y otros días

A millones de años luz

Soledad

En noviembre y otros días

Noviembre

La piedra del beso

Otros días

 

V.                Ya no llores

El guerrero

Despedida

Qué será

Ya no llores

Dolían tus ojos

 

 

I

 

Las notas mágicas

 

 

 

La casa alba

 

Podrá no estar el firmamento
pero tus ojos no creo,
tú verás del espacio sus fogatas
pero en mí a nadie.

 

Estarás en la casa alba
lagrimeando en cada noche de pascua,
los niños correrán bajo los pinos,
y yo te diré en esa tarde lejana
tú ya no meces el garbanzo.

 

Caerán los tules como escarcha navideña
y no habrá ni María ni Jesús
ni tú para arrullarme el pecho.

 

He comprado el infierno por tus ojos,
un cielo naranja, un escudo de hierro
ya no sé si tu suave arenal
entibia la mañana
o amarillea la tarde.

 

Qué será de tus cabellos
que escurren entre los vientos un cometa;
las golondrinas después del verano van a casa
yo después de ti no sé a donde ir.

 

Vendrá tu piel salvaje
a enjuagarse entre mis dedos
acudirán mis brazos a morar en tus caderas
volverán mis palmas a tu cintura
haciendo círculos de fuego.

 

¡Ya no sé!

 

¡Ya no sé!
si la tarde
atardece entre dos tardes.

 

La rosa que desprende el rosal
ha dejado de existir
siento que se haya ido así.

 

Vuelven a ayunar cielo y tierra
porque hoy he muerto.

 

La última estrella del cielo evapora su cariño
y lentamente cierra su ventana.

 

Flores negras crecen al pie de las sementeras
porque mi soledad es una alegría
difícil de aclarar.

 

Quiero una tierra húmeda para refugiar mis huesos
aún después de muerto quiero sentir el aroma natural.

 

 

 

 

Eternidades

 

El día que muera, en este rincón
van a penar mis latidos
y mi voz
que nunca ha de enterrarse.

 

El día que muera, en este rincón
echarán a cantar los grillos
y los aires
y mi amor
que nunca ha de callarse.

 

Las gaviotas y las golondrinas
elevarán mi verso claro
como una mala corona de espinas
que aún quiso quedarse en mi cuerpo.

 

El día que muera
voy a morir sonriendo la pluma
entre los labios
y mi último verso no querrá morir
pues mi alma no querrá marcharse.

 

Del viento, las azules ondas dirán
que aún es abril
y
que en primavera, todavía,
mil besos
de tus labios espero.

 

El día que muera,
voy a dar a cuidar
mi alma a tus brazos
y el nombre tuyo
que de mis labios
jamás quisieron marcharse.

 

El día que muera. El día que muera
(si aún en la dicha morir se pudiera)
voy a escribir mi último verso
con tu cuerpo atado en mis brazos.

 

Los árboles encorvados
querrán atarse a mi sepulcro.

 

Y las bancas y las gentes de la plaza
llorarán a Dios por la poesía
y por nuestro amor
que a pesar de los años
no querrá marcharse.

 

El día que muera
las campanas de todas las plazas
van a tildar mi nombre
sobre el tuyo.

 

Porque aún serás eterna, dulce amor,
como los días jóvenes
de cada primavera.

 

El día que muera
(si es que la guadaña es más fuerte
que la dicha)
voy a penar, Amor,
buscándote de puerta en puerta.

 

El día que muera. El día que muera.
Mi amor trascenderá a cada rincón
de la vida.

 

Así todos sabrán
que después de tanto amar
es difícil para un corazón marcharse.

 

Así será el final del camino:
Mi amor trascenderá de tu cuerpo
y el mío
y nos quedaremos solos, Amor,
sobre la naranja tapia de la tarde.

 

 

 

 

Después de la muerte

 

Otoño, ya no estaré aquí mirándote pasar,
las veredas estarán vacías de mí, vacías de ti.

 

Y todo ha de ser nuevo, otoño, la casa blanca
el perro mojado de viento.

 

Un piano dulce, un piano dulce tocará
por el ángulo oscuro de la noche
y maullarán los gatos.

 

Otoño, ya no estaré aquí mirándote pasar,
las veredas estarán vacías de mí, vacías de ti.

 

Los niños jugarán a enamorarse
una y otra vez.
El novio traerá a su novia

una sonrosada manzana de amor.

 

La tarde naranja oirá promesas y promesas
a las altas torres del ensueño.
Y todo ha de ser nuevo, otoño,
en el lago azul de los azahares.

 

Otoño, ya no estaré aquí mirándote pasar,
las veredas estarán vacías de mí, vacías de ti.

 

Bajo el viento azul de luna
tú también me quisiste.

 

Un suspiro nos calla
Un beso nos calla.

 

Otoño, yo también te quise.

Una niña estrecha, mientras canta,
un conejo rosa.

 

Tú también me quisiste.

 

Ahora la tarde llora
Ahora otros novios van de la mano

por la plaza.

 

Otoño, ya no estaré aquí mirándote pasar,
las veredas estarán vacías de mí, vacías de ti.

 

Un corazón llora sobre el patio de la piedra
y mi alma sobre los cántaros de la noche.

 

Una rosa nace... otra muere.
Los niños han trazado un arco iris
en la cara del viento.

 

Los novios van, por el fondo de la calle,

suspirando y cantando
romances de claveles rojos.

 

Otoño, ya no estaré aquí mirándote pasar,
las veredas estarán vacías de mí, vacías de ti

 

El balcón de las campanas.
El patio.
La noche.

 

Mi alma también se irá por el fondo de la calle
a batirse en duelo con la muerte.

 

Otoño, ven, traed mi corazón
a la redonda plaza de la luna.

 

Cielo de cisnes.
Montañas de escarcha.

 

Yo no quiero ver llorar a nadie.
Por Dios, otoño, tú también me quisiste.

 

Otoño, ya no estaré aquí, sentado,
en el patio azul de las naranjas.

 

Ven, traed mi corazón
a la redonda plaza de la luna.

 

Que no quiero ver llorar a nadie,
ni al novio de ojos negros,
ni a la novia de blancos pechos.

 

Otoño, me voy sin tus cabellos de oro nuevo.
¿Quién te besará mañana
por el paseo del agua?

 

...un suspiro nos calla.

 

 

 

 

Hoy siento en el alma

 

Hoy siento en el alma un amor de grandes torres
y perfumada luna ámbar.

 

Todos los corazones signan ante el amor su frente alta.

 

Todos los corazones calzan de la poesía
el mejor anillo de ilusión.

 

Hoy siento en el jardín de mi delirio reventar,
desde muy dentro,
la rosa más hermosa.

 

No quiero pensar “que el verdadero amor no exista”,
¿qué será de mi corazón y de los otros
si Cupido no tiene flechas?

 

Todos los corazones signan ante el amor su frente alta,

 

Para quererte “como te quiero”
voy a soñar un íntimo lugar en la luna grande,

 

Por tu amor se me ensueña el alma de la rosa
y mi vestido de novia,

 

La noche baja el ala frente a mi ventana
...yo también te quiero
como los sonámbulos astros de arriba,

 

¡Por Dios... que si no existe el amor, qué será de los poetas!
Uno se ha enamorado de mí con sus versos de grandes torres
y su alma de luna ámbar,

 

Él me ensueña el alma como una cálida rosa de inocencia,

 

Hoy siento en el alma un amor de grandes torres
y perfumada luna ámbar,

 

La frente descansa al río. Luna blanca. Luna de novia
sólo quiero amar como los blancos ángeles del cielo.

 

 

 

 

 

Laderas

 

a Tania, en Laderas del norte.

 

Laderas, cabeza de muchacha que peina un río de aire,
sube a la torre del cielo donde la luna tiene su posada.

 

¿Quién besará tus manos y tu frente de muchacha amada?

 

Laderas, patio de niños.
Árboles jocosos de grandes cabelleras.

 

Espera de sueños. Partida. Sol inmaculado.

 

Laderas, muchacha de mejillas rojas.
Paz con el alma y el espejo.

 

Desde las puertas del amor
salen niños almidonados de colores.

 

Besos de manzana.

 

Laderas, muchacha desmayada en mis brazos,
Sabor a vino en la copa de los labios.

 

Muchacha sonriente a mitad de un cuaderno.

 

Laderas. Alguien llega. Otro parte.
Se deja de amar.

 

¿Quién en tus tardes naranjas lee poemas?

 

Laderas.
El viento cabalga deprisa en tus patios de piedra;
a pie corre, descalzo, bajo los árboles de junio,

deja caer de sus manos hojas escritas.

 

Ojos de amar liviano.
¿Quién en tus estrechas calles de sueño
meterá en tus bolsillos manzanas de cara redonda?

 

El sol dora los muros del aire
con límpidos empedrados,
quién suspira entre tus manos ondas.

 

Hace mucho tiempo
que no vuelo a las ventanas de Laderas
ni veo reír a la muchacha de la luna grande.

 

 

 

En Laderas

 

En Laderas
el sol parece una manzana joven
(un potro pasa con el viento).

 

Si tengo algo de ella,
por donde me alejo y acerco,
son sus calles que bajan
a la puesta de la tarde.

 

En ella, en sus piedras,
me siento y pienso, nostalgia,
mientras una torre lejana
enrojece con su pluma el Cerro Negro

 

y destella en el horizonte, como flotando,
un barco mercante que viene o va.

 

Laderas,
jirones empotrados
de árboles risueños

donde los pájaros duermen
en puntas de lápices.

 

Y una ventana se abre
y alguien, no sé, me mira
porque apareció la luna en el cerro San Pedro.

 

Si tengo algo de ella
es la tristeza
de no volver más a su lado.

 

 

 

II

 

Eternidades

 

 

 

Portal María

 

Sentado en un portal, he pensado en la muerte y en María.
no como otros días.
He pensado en su cabello hecho moños, en su tiempo de color,
en su olor a hierba y agua de cañas.

 

María era el principio del mar. El lugar de donde partía
y llegaba siempre la mirada.

 

María, mi única y plural María de cánticos y moños,
niña sencilla de pómulos redondos.

 

María era silencio. Mi lugar preferido
para correr y soñar.
En ella, en sus ojos, se abría mi libro hacia la ventana.

 

Tras el portal el viento corre,
nos deja...

 

Y María, mi María, se ha ido
Mañana volverá, espero...

 

 

 

La espera

 

Siempre me esperas, María,
en todas las calles púrpuras de mi infancia.

 

Siempre el gallo amarillo canta
al rojo limonero.

 

Siempre la misma luna después de ti,
rota.

 

Te vas y yo quedo aquí,
mirándote distante como un niño.

 

En el silencio el amor crece,
canta la luna,
asoma el panadero.

 

Pero tú no vuelves,
nunca vuelves…

 

 

 

Trenza café

 

Tu amor siempre me ha de esperar
en el vértice de la calle inocencia.

 

Siempre con las mismas rosas amarillas
y la misma mirada café.

 

Siempre al borde de la noche
navega como cerillo nuestra nave.

 

Y la palabra muda.
pinta las mismas cosas de plata.

 

Siempre el barrio del puerto
tiene un ojo frente al mar.

 

Y el mismo marino Barbas
entona un canto

“el cielo brumado de lunas”.

 

Siempre un trazo rojo
vuela encendido
y cae en la mar.

 

 

 

Mañana

 

Mañana tus ojos grandes dirán: “¿Abril, tú me amas?”
y yo no sabré qué decir sino lloro.

 

Pero ese día llegará de algún modo
por donde viene el tren que se fue con tu corro.

 

Mañana, otra vez mi corazón será,
y el azul pasará enredado en tu cabello negro.

 

Retornarán a nosotros los pájaros grises
que alegraban el otoño ceniciento.

 

Mañana, otra vez mi corazón
encontrará tu alma
y soñaremos el sueño que quisimos.

 

Mañana. Mañana. El amor abrirá su puerta
y nuestro encuentro de enamorados llegará.

 

Sé que al recogerse nuestros cuerpos
(Estando uno junto al otro)
volveremos a querernos.

 

Mañana. Mañana.
Otra vez mi estrella besará tu frente
y el cielo repetirá: “¿Abril, tú me amas?”

 

Vueltos a la primitiva era del mundo
seremos esos novios ordinarios
que se abrazan y se besan
en una ilusión cósmica, a la distancia.

 

Mañana. Mañana.
El amor despertará a un mismo código secreto
y nos quemará la misma lluvia
y la misma arcilla limpia.

 

Sé que al estar uno junto al otro
nuestros cuerpos tomarán
su unida forma que tuvieron al nacer.

 

Y seremos parte del mismo cielo
y del mismo brazo caliente.

 

Mañana. Mañana.
El sol, como una flor rendida,
se esparcirá en la mar

 

y tú me dirás: “¿Abril, tú me amas?”

 

Por mi alma, te diré que soy bueno
y que también,
también te amo.

 

 

 

El tiempo, Amada

 

Es el tiempo lo que nos separa, Amada,
no la calle
ni la brisa.

 

No hay retorno por el tiempo,
no a los mismos brazos.

 

El tiempo, Amada,
es una distancia larga,
como un río
que nadie sabe a donde va.

 

El tiempo, Amada. El tiempo
danza en numerosas despedidas.

 

Un errabundo sueño
que jamás suele despertar.

 

El tiempo, Amada,
es una espera larga
(muchos cigarrillos).

 

Un amor que nos deja
en algún puerto
con el corazón roto.

 

El tiempo y la muerte
son la misma sustancia larga.
Son futuro y pasado,
jamás presente que anhelar.

 

No es una calle
lo que nos separa, Amada,
es el tiempo.

 

El tiempo que ha navegado en la playa
dejando mil recuerdos amarillos.

 

El tiempo nos separa, luna amada,
luna triste,
el tiempo y sus pequeños números de cuarzo.

 

Distancia larga
que no retornará...

 

 

El fin

 

Postrando mis barcos a los pies de un puerto
cuántas veces te he tenido, amor, a mi amparo.

 

Sobre mis rodillas
contemplé tu cuerpo blando, tu alma desnuda.

 

Consentiste que te quiera y te quise
como el delicado musgo aprieta la roca amada

 

Cuántas veces, ajena al giro del mundo,
sosegaste mi dolor de marino errante.

 

Tantas veces besando tu frente cóncava
te probé mi lealtad. Te quise mucho.

 

Y aún cuando un funesto día
la cúpula del mundo
fue asaltada por ejércitos de sombras,

no huí.


No supe que tenerte era el fin,
que nuestra feliz vida terminaba,
que la piedra no podría soportar más el arrebato del mar.

 

No volveríamos más a querernos
y uno de nosotros tuvo que seguir...

 

 

 

III

 

Piedra de silencio

 

 

Nada qué decir

 

Así fue mi vida y no tengo nada qué decir.
Busqué soledad, la tuve.

 

Y si huí de casa desde niño, desde siempre.
Si no he jugado. Si no he amado. Si no he lactado.
Si me he sentido un extraño todo el tiempo
fue por escribir poesía.

 

Y si me han creído un loco,
y me he sentido más cerca de la muerte,
si no he sido feliz,
fue por escribir poesía.

 

Y si rehuí la escuela y la adolescencia misteriosa,
lo hice queriendo estar a solas conmigo.

 

Si me enamoré una, dos, tres mil veces
para que me dejaran siempre
fue porque la vida es así de caprichosa.

 

Y si mi ser es cercanamente nostálgico y afligido,
y si me aterra la rutina y el reloj
será por mi manera de mirar
o probar los alimentos.

 

Y si a veces rió o lloro. Y si de buena gana me deprimo
es porque encuentro cosas animadas
detrás de los objetos muertos.

 

Y si pienso que otro mueble cabría mejor
en el espacio que ahora ocupo
es porque interrogo mi existencia.

 

 

Hormigas gigantes

 

Por qué soy yo y no otro,
uno de un millón como los pájaros.

 

Por qué no duermo, trabajo, ceno
y sujeto a mi cuello una corbata de grabado azul.

 

Por qué soy yo y no otro,
por ejemplo
un insecto gigantesco y risueño
que es feliz arrastrándose
y comiendo cosas duras.

 

Y cuando requieran mi nombre,
decir: “soy esta alma”.

 

Por qué soy yo y no otro.

 

Y libre
pueda dormir donde quiera mi sueño.

 

Necesito que el caer de una fruta
sea plácida música.

 

Por qué soy yo y no otro,
errante, amigo de todo cuanto existe
sin tener hambre, cansancio o miedo.

 

Y ser por siempre, de buena gana,
solamente un hombre
que pasa con su cabeza alada.

 

 

 

Piedra de silencio

 

Puedo incurrir
en no saber quién soy desde la ventana del autobús.
Puedo incurrir en mi soledad tres veces,
en mi escapatoria, en mi angustia,
en mi eterna reclusión.

 

Puedo incurrir en el límite, en el movimiento,
en la velocidad,
en el silencio,
en el beso que se da por amor.

 

Puedo incurrir en el paisaje,
en los desiertos, en los cerros, en las playas,
en las sonrisas sepultadas y sus ruinas.

 

Puedo incurrir en el alma, en tocar a Dios,
en desilusionarme y dormir una semana.

 

Puedo incurrir en buscar algo diferente cada vez
y que en la sombra mi alma no dé más.

 

Puedo incurrir en prendarme de la mujer ajena
otra vez.

 

Puedo incurrir en buscar la metamorfosis adecuada
para escapar de lo inapelable, de lo triste.

 

Puedo incurrir en lo mismo,
en el silencio, en el sonido, en el ruido;
en amar, en volver y quedarme solo para siempre.

 

Puedo incurrir en mi falta, en las mismas paredes
y en el mismo encierro.

 

Puedo incurrir en enamorarme de un anhelo
y apartarme de mi tiempo.

 

Puedo incurrir, apenado, en los recuerdos y
en las trenzas negras de las niñas
que en el tiempo muerto me quedaron esperando.

 

Puedo incurrir en que todo está sepulto
y que estoy triste
de considerarme ajeno a mi realidad.

 

Puedo incurrir en que he extraviado mi mundo y mi fe
y la gente que era mi gente.

 

Puedo incurrir en que me compadezco
de toda existencia y de cualquier otra
aunque fuese una aventura.

 

Puedo incurrir en no estar de acuerdo
de vivir para la cadena.

 

Puedo incurrir en mi exilio otras “tantas veces”;
tener soledad, barba, tristeza, anhelos imposibles.

 

Puedo incurrir en estilizar todo cuanto pueda ver en el espejo;
suponer huidas, oscuridades, sentimientos, espectros, dioses.

 

Puedo suponer la mitad de mi vida soñando con la otra mitad

 

Puedo suponer criaturas, paredes, espacios; la no-existencia,
una nariz muy grande y las negras patas de una mosca.

 

Puedo suponer una muchacha de vestidos cortos, la rosa en sus cabellos.


Puedo incurrir en la articulación de su mirada, en el mensaje, en la música.


Puedo incurrir en que tiene boca, ojos, andar, amor; y no existir.

 

Puedo incurrir en una lágrima, en un mal rato, en una interrogación y excarcelarme,
y una vez más incurrir en un instinto, en una lucha, en un levantamiento


y tratar de vivir con el hechizo…

 

 

 

 

 

 

 

En algún andén

 

He conversado a solas con mis zapatos
en un andén del mundo.

 

No me engañes (aunque lo quiera), vida,
que vendrá lo que yo quiero.

 

Conozco mi tormento, alma,
sé de lo extranjero que soy en el camino.

 

Y por eso siento la pena. La pena grande
que cuelga de la rama como fruta.

 

Déjame partir hacia mi destino
Hacia el destino del mundo.

 

Del mundo que quise, que quise siempre
como un tesoro y no lo tuve...

 

 

 

IV

 

En noviembre y otros días

 

 

A millones de años luz

 

Murió la gente que amaba en otro tiempo
a millones de años luz
debajo de la mesa.

 

Murió en un pequeño perro que amaba,
en mis zapatos cansados
y en mi uniforme de escuela rural.

 

Murió con mi estrella profunda sobre el cielo
con don gato alegre, alargado,
con don perro tristón, mitificado.

 

Con don infeliz zapatero
y don cándido lechero.

 

Murió la gente que amaba en otro tiempo
debajo de un árbol
sobre mi cuaderno de mapas.

 

Murió en el pizarrón de don Eulalio,
en el lápiz despuntado,
en las trenzas de María.

 

Y yo sé, lacónicamente,
que jamás seré feliz.

 

 

 

Soledad

 

Yo quisiera sentirme bien
(expreso mi disconformidad).

 

Mis coordenadas están del otro lado,
menos aquí, donde, como un extraño,
cojo mi quijada y la balanceo.

 

De chico fui a la escuela como otros
y como otros también amé y tuve sueños.

 

Yo no sé, pero sospecho
que nadie, entonces, me supo hacer feliz.

 

Dirán los maestros que fui retraído y solitario
y que soñaba mucho.

 

No lo sé
(expreso mi disconformidad).

 

Sólo sé que sufrí la partida de alguien
y que siendo impotente niño
el amor a veces,
como una ola fría,
también en mí moría.

 

Acompañaron mis sueños
seres de arcilla, arena y soledad.

 

He querido mucho, lo confieso,
y confieso también que lo hacía
cada vez que el sol se iba con la tarde.

 

 

 

 

En noviembre y otros días

 

Más que en abril, en noviembre he vuelto a casa,
a mi pequeñez, a mi primera plana.

 

He regresado a contemplar el jardín que no hay más en casa.
Es una pena larga que en ella cada vez
queden menos cosas de qué hablar.

 

Nunca más veré a perrito Pepe Luche, a hormiga María, a pato Ciego,
a árbol Alberto.

 

Más que en abril, en noviembre frío
he amado como un moribundo foco encendido,
como una gran enredadera dormida.

 

He amado como el mar, como una abierta piedra herida.

 

Más que en abril, en noviembre he soltado mis alas
para caminar,
para encontrar mi almohada, mi paz soñada,
queriendo erigir una mañana.

 

En noviembre he vuelto a casa con otra voz,
con otras manos,
siendo el extraño de todos.

 

Más que en abril, en noviembre el sol canta en la mar
y al mirarme hunde el casco y se pierde como un pescadito de oro.

 

Más que en abril, en noviembre
he vuelto a casa queriendo ser un niño más.

 

 

 

 

Noviembre

 

Noviembre tuvo tantas lunas para mí.
Hice bien en quererlas
pero a todas las perdí.

 

Y nunca nadie dijo amarme.
Yo tampoco quise, la verdad.

 

Noviembre fue siempre en mí
una estación de sueños.

 

Un patio donde yo
podía amar y jugar.

 

Cruzaba el cielo con su caballo y su luna
a trotes hondos de guitarra.

 

Y yo esperándolo siempre,
desde mi ventana empezaba una canción grande
que nunca supe terminar.

 

Noviembre tenía la cabellera verde,
la pezuña azul o plata,
no sé.

 

Mejor será dejar que noviembre sea libre
para que otros caminantes
lo vean recorrer de puntillas
el parquecito de las nubes.

 

Noviembre tuvo tantas, no sé,
melodías, hermanos nuevos. ¡Todo!
Y no lo pude hacer quedar.

 

 

 

La piedra del beso

 

Querías que yo fuera feliz
(no lo soy),
me han engañado tanto
los caminos.

 

Si mi corazón
era una calle vacía,
lo fue siempre.

 

Por él corrían las horas,
las orugas muertas,
el sol partido del otoño.

 

Querías que yo fuera feliz
(no lo soy).

 

Y si soy así indefinidamente
es porque la alegría en mí
es un puerto
que siempre se deja partir.

 

Querías que fuera feliz
(no lo soy).

 

Porque aún te amo
y adiós dice
la piedra del beso.

 

 

 

 

 

Otros días

 

Cerrando los ojos tengo el presentimiento
de que mi alegría fue doblemente inmensa
porque siempre anduve triste.

 

Recuerdo que mi árbol de eucalipto
era grande y melancólico
como un niño de escuela,

que nuestra casa era tierna y gris
como un otoño de abril

 

y recuerdo que en su rojo balcón
cada tarde lloró la luna.

 

Recuerdo que mis hermanos eran chicos
y que en casa hasta las paredes eran tristes,

que nuestros juegos fueron felices
hasta la incomprensión.

 

Fueron compañeros de algazara
una tortuga, un pato ciego, un perro tristón.

 

Recuerdo que quería tanto a una niña
que tenía el cabello marrón

(mi vida entonces era incomprendida
como un verso de amor),

y que en mi memoria alguien venía
para irse siempre.

 

y me hacía llorar…

 

 

 

V

 

Ya no llores

 

El guerrero

 

Cuánto intenta el guerrero
vencer al mar,
y en aquel bregar
los sueños de volverse mueren.

 

Yo sueño con una alondra sagrada,
tal vez una gaviota de blancas ramas
como aquellos besos que da el mar.

 

Tanta idea ilusa, tanta ansia de querer
y el amor sin fin.

 

Cuánto intenta el sueño adornar la realidad
y en aquel absurdo dar, ambos son lo mismo.

 

Un ave con sus alas toca, toca,
besa el cóncavo piano.

 

¡Cómo quieres que te quiera!
si entre nosotros jamás hubo besos
ni abrazos
ni cabezas atrapadas…
los fósforos de ensueño.

 

¿Qué quieres, que te quiera?
Te quiero ¿y qué?
Para que “este querer tanto”
si sé que nunca volverás.

 

Cuánto intenta el brazo hacerse largo,
quedarse con todo lo bueno.

 

Pero el amor
también tiene su muerte
aunque no muera.

 

 

 

Despedida

 

Después de ti no más eternidad. Extraviado el infinito mundo
El amor sin brazos. El silencio negro…

 

Después de ti, amor. Después de ti.
Desmayará mi corazón en su vacío
y perderemos las alas que tuvimos.

 

Y aún cuando, un día, alguien soltó las cadenas
que a ti me unían,
no iba a dejarte.
Te perseguiría en mis sueños como la primera vez.

 

No importó con qué afán los mares del mundo iban a llamarte
ni cuánto amor te diera ya.
En vano quise este amor en tanto tú vivieras. Me dejarías…

 

Se deshizo todo. Soltó el sueño su mito mágico.

 

No importó cuánto te quisiera o te llorara,
me olvidarías.

 

El amor sin más brazos.
Quedó el silencio negro…

 

 

Qué será

 

Qué será del día en que tus labios

no tengan un porqué para besarme
a quién le daré mi amor bañado en soledad.

 

Qué será del día en que mi amor por ti se muera.
Qué catastrófico giro diera el mundo
si en el alba no quedasen nidos para los pájaros.

 

En marzo, la rosa estaría quieta,
y yo no amaría nada, nada.

 

Extraviado el rastro del beso que te di
ninguna estrella recordaría que te quise.

 

Junio en el ajedrez, la luna en la ventana,
y yo no amaría nada, nada.
No amaría las tardes y una frente que besé

 

No importó cuánto me abrazaras o cuánto hiciera yo,
íbamos a decirnos adiós
una definitiva hora que no estaría en las horas.

 

Nadie callaría esa campana,
eternidad que se partiría como un pan.

 

Olvidaría tu nombre 
como aquel amor que muere siendo verde su color.

 

 

 

Ya no llores

 

Si te has muerto,
si me he muerto
¡Será porque nos quisimos tanto!

 

Ya no llores
qué importa si el amor no nos quiso,
qué importa si la vida no nos quiso,

si la gente no nos quiso.

 

¡Qué importa si igual te quiero!

 

Si el amor ha muerto,
si la gente ha muerto,
si la vida ha muerto.

 

¡Será porque nos quisimos tanto!

 

Ya no llores,
qué importa si te has muerto,
qué importa si me he muerto.

 

¡Qué importa si igual te quiero!

 

... Ya no llores.

 

 

 

 

 

Dolían tus ojos

 

Reo de una soledad
que no calla más.

 

Hojas de verano.
Hojas de viento.

 

Todo es lo mismo
a la hora del crepúsculo.

 

La rosa cae,
el clavel marchita.

 

¡Nada es eterno,
ni siquiera el amor…!

 

Sus anillos de miel
también rompen.

 

Lágrimas de agua,
lágrimas de amor
son igual, después de todo.

 

La rosa cae,
el clavel marchita.

 

¡Nada es eterno,
ni siquiera el amor…!

 

 

 

 

 

 

 

az

Azágar

 

“Mi vida real gira en torno a un poema, mi vida cotidiana una gran fábula,  no conozco otro oficio que el seguir el camino de mis sueños”

 

Azágar: Seudónimo de Santiago Azabache García, poeta nacido en la ciudad de Trujillo, Perú, un veintidós de diciembre. Hijo de don Segundo Augusto Azabache Célis y doña Genara García Chávez. Entre 1989 a 1997 residió en Chimbote, ciudad donde hizo las carreras de Ingeniería Civil, Contabilidad, Enfermería, Obstetricia, graduándose en esta última. En 1991 junto a un grupo de estudiantes de la Escuela de Enfermería de la Universidad del Santa integra El Frente Artístico Literario TRINCHERAS, dando inicio así a la divulgación de su creación literaria. En Diciembre de 1993 es laureado en los Juegos Florales "Enrique Cam Urquiaga" organizado por la Federación de estudiantes de la Universidad Nacional Del Santa por su cuento largo "Alma Hindú", al año siguiente obtendría el primer premio en Poesía en los Juegos Florales de la Universidad Privada San Pedro por su poemario “Sueños a Poesía”, galardón que volvería a obtener en 1995 con el poema “Después de la muerte”. Funda la Revista Cultural "El Universalismo" en diciembre de 1993, revista que abandera en agosto de 1994 la creación del movimiento cultural del mismo nombre. Pasado los días universitarios, partió hacia Lima, hizo un curso de Arte y Literatura del siglo IXX en la Universidad Ricardo Palma. En diciembre del 2003 el reencuentro, en Chimbote, con los poetas Ricardo Ayllón, Andersón Paúl, Dona y el escritor Róger Antón Fabián, da lugar a una segunda etapa del Movimiento Cultural El Universalismo. Actualmente la Revista se publica vía Internet.

Obras publicadas:

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